Arribes del Duero es uno de los paisajes más singulares de la Península Ibérica. Un territorio donde el río Duero ha esculpido durante millones de años unas hoces de hasta 400 metros de profundidad, creando un microclima único que hace posible lo que en ningún otro lugar de Castilla se podría imaginar.
La confluencia de influencias atlánticas y mediterráneas genera temperaturas más suaves, una humedad mayor y una luz de calidad diferente. Un Parque Natural que guarda uno de los secretos mejor guardados del vino español.
El suelo es pobre en nutrientes — granito, pizarra y arena — lo que obliga a las vides a esforzarse para buscar agua y minerales. Ese esfuerzo se traduce en uvas de alta concentración, con sabores y aromas que se reflejan en cada botella.
Los viñedos que hoy trabajamos fueron plantados por nosotros mismos, a mano y con esfuerzo familiar. Cultivamos 10 hectáreas en Pereña de la Ribera, sobre suelos pizarrosos, a unos 750 metros de altitud.
Las viñas tienen una edad media de entre 10 y 15 años. Producción muy limitada: 2.500 kg por hectárea en un buen año. Una elección consciente que garantiza concentración, calidad y autenticidad en cada botella.
Fermentamos con levaduras autóctonas presentes en la piel de las uvas, y embotellamos sin filtrar para preservar el carácter natural de cada variedad. Sin aditivos. Sin atajos.
Y que hoy define una región.
La Bruñal es posiblemente la variedad más antigua de Arribes del Duero. Su nombre proviene del latín altomedieval Brunus, que significa ‘color azul negruzco’, en referencia al característico tono oscuro de sus bayas. Algunos estudios la datan en la Edad Media, lo que la convierte en un legado vivo de siglos de historia vitivinícola.
Durante décadas estuvo al borde de la extinción. A mediados del siglo XX se arrancó de forma masiva por su escasa rentabilidad — racimos pequeños, producción bajísima, difícil de trabajar. Nadie quería cultivarla. Hacia 1880 la filoxera ya había devastado gran parte de las cepas, y con la llegada de variedades más comerciales prácticamente se dio por desaparecida.
Fue nuestro padre, Julio Gallo, quien en 2002 comenzó a apostar por ella en serio, cuando apenas nadie lo hacía. Una aventura de empecinamiento y fe, como él mismo la define. Hoy, más de veinte años después, todo Arribes habla de la Bruñal. Y habla bien.
Es una uva resistente, capaz de prosperar en suelos pobres y condiciones climáticas extremas. Sus vinos destacan por aromas intensos de frutas rojas maduras, toques especiados y matices minerales. En boca, estructura equilibrada, taninos elegantes — dulces cuando maduran — y un final largo y persistente. Alto contenido en polifenoles. Mucho carácter.
El rosado que no se parece a ningún otro.
La Tijonera — conocida también como Verdejo Colorado — es una de las variedades más singulares y desconocidas del panorama vitivinícola español. Tan rara que hasta hace poco ni siquiera tenía nombre oficial. Durante siglos convivió en los viñedos de Arribes mezclada con otras variedades, sin que nadie reparara en su potencial.
Su característica más llamativa es su piel, de un tono cobrizo y rosado que no se parece a ninguna otra uva. Es precisamente ese color el que da lugar a su nombre popular: Verdejo Colorado, en referencia al tono rojizo de sus bayas. Hoy ya está registrada oficialmente como Tijonera, un reconocimiento a una variedad que lleva siglos arraigada en esta tierra.
Solo existe en Arribes del Duero. No hay constancia de que se cultive en ninguna otra zona del mundo. Es, en ese sentido, uno de los patrimonios enológicos más exclusivos de España — un legado prefiloxérico que sobrevivió por la tenacidad de quienes creyeron en ella cuando nadie más lo hacía.
Los vinos elaborados con Tijonera sorprenden desde el primer vistazo: un color rosado cobrizo, casi ámbar, que no recuerda en nada al rosa pálido convencional. En nariz, fragancia delicada y a la vez embriagante. En boca, una acidez viva y refrescante, aromas florales y de frutas rojas, con una textura sedosa y un final elegante.
